• Daniela Escobar y Montserrat Fernández

“Feminiflor, la lengua de las mujeres a veinte centavos”: Tres crónicas de Laura de la Rosa Torres

Laura Graciela de la Rosa Torres, la que fuera la Directora de la primera revista dirigida por mujeres en Bolivia, Feminiflor (1921-1923), en su ochentena y en larga charla con Sandra Aliaga, que va en busca de su testimonio una tarde cochabambina de abril del 87, rememora la revista como la lengua de las mujeres a veinte centavos [1]. En los veinte, la frase “la lengua de las mujeres” aludía directamente a las habladurías, que se atribuían generalmente a la parte femenina de la sociedad. Laura Graciela, pícara, recuerda el instante de la inversión del sentido de la frase, cuando el primer número de Feminiflor se agotó a tal grito y cuando la lengua de las mujeres se presentó como metonimia de las voces que la revista ofrecía al público, a la esfera pública. Ofrecía pues el discurso de las mujeres en el periodismo; era un hacer progresista, moderno y cuestionador. [2]


La misma Betshabé Salmón, Jefa de Redacción de la revista, en su texto “La obra femenina y sus avances” (Feminiflor No. 20, marzo de 1923), apunta explícitamente que el discurso de las mujeres en el órgano periodístico fue la base de la instauración del discurso feminista en países latinoamericanos, en tanto “tiende al mejoramiento intelectual y moral de la mujer y a la conquista de sus justos derechos”. Esto quiere decir que el acceso a un canal que amplificara sus voces les dio la posibilidad de cuestionar el estado de inactividad y exilio en el que se encontraban las mujeres que habían sido educadas hasta obtener su bachillerato. ¿De qué servía despertar en las mujeres la pasión por el conocimiento, formar habilidades de liderazgo y capacidad crítica si su único lugar era el hogar y su única actividad, la crianza? Ante este problema generacional, las redactoras de Feminiflor se manifiestan y eligen reivindicar sus talentos y reclamar por sus derechos a través de su escritura. Esto no quiere decir que su revista fuera un panfleto donde volcaran explícitas sus consignas a la manera de un movimiento activista, sino que a través de, como hace Laura Graciela, la presentación de escenas en apariencia cotidianas, de entradas de sus diarios íntimos, de observaciones pedestres construyen una visión de mundo donde la mujer tiene un papel esencial para la sociedad.

Queda claro que los primeros pasos en el periodismo, ser leídas, validadas o criticadas, en suma, escuchadas, despierta en las redactoras una conciencia de sus capacidades y un deseo de seguir practicando para perfeccionar la escritura desde varias dimensiones de sus vidas. No es casual que para varias de ellas la experiencia escritural nazca en sus diarios íntimos, volcando sus primeros sentimientos profundos de adolescentes, sus sensibilidades, alegrías y dolores. La lengua de estas mujeres no duda en construirse desde el sentir; ser mujer no es ser inferior, pero sí es ser diferente. Esa diferencia se reivindica y se muestra explícitamente a través de los detalles o escenas que rescatan, que hacen públicos. Para Cecilia Olivares y Virginia Ayllón, dos estudiosas de la escritura de mujeres, la escritura de lo íntimo “introduce lo privado en la agenda política, no tanto en la constitución de los sujetos como de la constitución de la sociedad misma. Es decir, se construye la nación desde la otra orilla, desde el margen, desde el borde”. [3]

Desde ese borde, Betshabé Salmón, Nelly López y Laura de la Rosa Torres inauguran la profesión del periodismo para las mujeres y se lanzan a la producción de su revista, la cual, contra todo pronóstico, alcanza su tercer año antes de detener su circulación. La lengua de Sandra Aliaga de nuevo se levanta para hablar de la labor de estas tres mujeres: “¿Cómo explicarnos que un grupo de ‘chiquillas audaces’ a principios de siglo fueron capaces de lograr resultados como una revista femenina de la calidad y la perseverancia de Feminiflor? (...) Feminiflor fue el resultado de una voluntad férrea, de una formación integral. Feminiflor fue impulsado por la necesidad de expresar ideas, conceptos y reflexiones alcanzados en la vida cotidiana activa al servicio de la comunidad” (p. 74). Una vez más, la cotidianidad surge para evidenciar injusticias, para expresar y proponer, pero sobre todo para acompañar al lector en las mudas reflexiones a las que sus textos empujan. La madurez de las “muchachas”, por tanto, se muestra en sus especiales análisis de la realidad que las circunda: “Nadie puede escribir desde un escritorio sin tener un cúmulo de experiencias vivenciales, sin ser parte activa de una realidad, sin participar día a día en el desarrollo de la comunidad a la que pertenece. Sólo la experiencia confrontada con el análisis reflexivo nos da la pauta de la realidad, nos permite estructurar nuestro pensamiento y por ende, compartirlo” (p.75).

A medida que las revistas salen número tras número, las redactoras comienzan a desarrollar un estilo e interés propios. Es sin duda Laura Graciela quien demuestra desde sus primeras notas un especial talento para las escenas de la cotidianidad orureña, textos que poco a poco se van convirtiendo en crónicas periodísticas, una forma distinta de entregar información, a medio camino entre la noticia (periodismo) y el texto narrativo (literatura). Como una expresión del periodismo literario, la crónica tiene como principales características la observación y presentación de un hecho de forma cronológica desde la perspectiva de su autor/a y la interpretación personal aunque objetiva del hecho. Es la observación, sin embargo, la capacidad más importante que debe demostrar un/a cronista. Leila Guerriero, periodista argentina, lo destaca en su ensayo “Qué es y qué no es el periodismo literario: más allá del adjetivo perfecto” [4]:


Pero para ver no sólo hay que estar; para ver, sobre todo, hay que volverse invisible. El periodismo narrativo se construye, más que sobre el arte de hacer preguntas, sobre el arte de mirar. La forma en que la gente da órdenes, consulta un precio, llena un carro de supermercado, atiende el teléfono, elige su ropa, hace su trabajo y dispone las cosas en su casa dice, de la gente, mucho más de lo que la gente está dispuesta a decir de sí” (p. 32).

Utama quiere rescatar el gesto cronista de Laura Graciela de la Rosa Torres [5], leyendo tres textos que presentan su relación con la escritura del periodismo literario, tanto a nivel íntimo como social y político. El primer texto aparece incompleto en febrero de 1922, en el No. 10 de Feminiflor y se completa en el No. 11, en marzo de 1922; el segundo y el tercero se publican en el No. 12, en mayo.

El primer texto, titulado “De mi pequeño diario”, narra un viaje de Laura a Colcha en calidad de Directora de Feminiflor. Dos son los tiempos descritos en la crónica: el de preparativos y el de tránsito. En la narración del tiempo de preparativos se enfatiza la función emotiva del discurso; se registran miedo y empoderamiento por parte de la viajera. Laura de la Rosa describe su nueva posición social al ser periodista en tensión con su posición de ser mujer. La sabemos vulnerable sin tutela, viajar sola representa un peligro para la mujer de la época, más aún si se piensa “¿y si algún tipo maleducado se atreviese a dirigirme alguna frase inconveniente?”. Pero también la leemos valiente, en tanto presenta la escritura para defenderse de tamañas ofensas: “si a pesar de nuestra seriedad [insiste], en ese caso, le diremos tenga usted presente que habla con la Directora de Feminiflor y que en el próximo número aparecerá su silueta como la de un mal caballero, suponiéndolo a usted caballero por el hecho de que viaje en primera. ¡Qué gran cosa es ser periodista y poder decir: ‘¡Soy directora de periódico!’”. La escritura se presenta para Laura Graciela como el arma que tiene para denunciar, criticar y defenderse.

El segundo tiempo descrito en la crónica es el de tránsito, donde la función referencial del discurso se enfatiza, pues Laura Graciela registra su encuentro en el vagón comedor del tren con “una señora respetable y su hijo”, el joven Justiniano. Dos momentos subrayamos de este tiempo: el primero antecede al encuentro y revela su relación con el libro. Cuando apunta “absortas en nuestra lectura, hemos pasado cerca de tres horas sin darnos cuenta del tiempo transcurrido”, expone la suspensión que experimenta gracias a la lectura. Esto nos ayuda a visualizar el perfil de nuestra cronista que se entrega al mundo escritural contenido en la materialidad del libro, que no es casualidad que se presente también como el mejor compañero de viaje, en el tiempo de preparativos. Este ejercicio de llámesele concentración, que se desarrolla con la práctica constante y el deleite de la lectura, explica también la producción de escritura que entrega Laura Graciela a la revista. Esta concentración es la misma que se expone en sus textos, que seleccionan escenas mínimas de la realidad de la época, suspendiéndolas del fluir cotidiano y por supuesto del olvido. ¿Por qué registrarlas, destacarlas, si son ordinarias, cotidianas, repetidas, sin generar con ellas reflexión explícita alguna? El rescate de cápsulas de la realidad de la época revela una función sociopolítica, la denuncia; contar es denunciar.

El segundo momento que subrayamos del tiempo de tránsito es el de la falsa modestia, último gesto de la narración, protagonizado por la misma Laura Graciela, para cerrar el diálogo con el joven Justiniano. Este diálogo registra los prejuicios de la época hacia la mujer, pues, aunque el joven Justiniano asegura conocer a la Directora de Feminiflor, no reconoce que la tiene de interlocutora en el vagón de comedor del tren. Entonces, la califica como tontilla, descartando así la sagacidad del discurso de la revista, que él mismo destaca cuando reconoce la tomadura de pelo que le hace a Carmelito, un conocido del joven Justiniano; por tal motivo lleva algunas copias de Feminiflor a Santa Cruz. Laura de la Rosa no solo escucha con paciencia al joven Justiniano, sino trata de disuadirlo para que abandone esa lógica: “suelen decir, le interrumpimos, que bajo una mala capa puede haber un buen toreador, no siempre hay que confiar tanto en las apariencias…”. Sin embargo, el joven Justiniano insiste y la recalifica como peneca. Ante tal cerrazón, Laura Graciela, al llegar a Colcha, exhibe su credencial de Directora de Feminiflor, dejando al joven Justiniano “como un camarón”. La vergüenza del joven, presentada en la narración con una comparación, es la que quiere despertar Laura Graciela en los lectores que tienen ese mismo discurso de habladuría y descarte. Además, por supuesto, esta crónica per se ejemplifica la acción de poder que le otorga la escritura a Laura Graciela, ese poder que bien intuía en el tiempo preparativo del viaje: si un tipo maleducado insiste en la ofensa, aparecerá su silueta en el periodismo como un mal caballero; pasará a la Historia como ejemplo de un pensamiento no progresista.



El segundo texto que rescatamos es una escena de plaza dominguera: “¡Un carácter suave!” muestra a las redactoras de la revista algo ansiosas ante la necesidad de cubrir los artículos necesarios para el siguiente número. Conscientes de la potencia de una plaza repleta un domingo por la tarde, se disponen a dar vueltas y a reconocer la escena, el momento, la revelación que tres amigos charlando parecieran dictar a la periodista. Estos contarán dos historias que permiten vislumbrar el estado de las relaciones sociales en la década de los veinte. La primera historia muestra a un muchacho, Trescot, que agradece a un recién llegado por un consejo útil que parece haberle sacado un gran peso de encima. Trescot, un hombre de carácter suave, es utilizado por los miembros de la oficina como “burro de carga”. Oportunamente, el recién llegado, don Benigno, le aconsejó ser enérgico y darse a respetar, por lo que cuenta Trescot en detalle cómo en dos ocasiones desobedeció órdenes directas dando puñetazos en la mesa o casi llegando a los golpes con un colega. La periodista es astuta en su presentación de tal escena, pues no comenta ni interviene para reflexionar a sus lectores, se mantiene invisible y deja que sus elegidos den cuerpo a la crítica que subyace en esta primera historia. Los amigos buscan corregir el carácter suave de Trescot, pues al ser calmado, las personas dejan de prestarle respeto porque el respeto se debe prestar a quienes demuestran una esencia agresiva o violenta. En esa sociedad parece prevalecer el dominio del más fuerte.

La segunda historia llega de la voz del mismo don Benigno, que rememora el momento en el que él debió resolver sus problemas domésticos con su esposa, “una mujercita [que] es un dije”, pero que al no tener hijos dedicaba gran parte de su tiempo a conversar con sus amigas. Para don Benigno este es uno de los pocos elementos negativos del carácter de su esposa, su tendencia a apasionarse por las habladurías y su poco apego a la supervisión de las labores del hogar. Don Benigno parece ser un claro representante del patrón de la casa, quien debe encontrar todo en orden para la hora de la cena a cambio de haber trabajado. Al no encontrar la cena de su agrado, este reprende a su “mujercita” de forma dulce y se ve obligado a comer fuera de casa. Ante la falta de respuesta “por las buenas”, Don Benigno hace uso de todo su poder y, después de reprender a gritos tanto a la cocinera como a su esposa, hace tremendo escándalo lanzando platos y fuentes al suelo. Así, la anécdota de los amigos afirma que un hombre “de carácter” es aquel que busca ejercer un poder sobre un otro, el suave, el dulce, el débil, a través de comportamientos agresivos y violentos que son exaltados por la sociedad y, por ende, sujetos de respeto.

El tercer y último texto que rescatamos es “Cosas del oficio”, donde se pone en escena las capas del discurso del contexto histórico-social que interpelan el hacer escritural de Laura Graciela. La primera capa es la del deber ser, donde la mujer ideal se tendría que comprometer con el espacio privado, el doméstico. Esta capa está representada por la increpación de una señora bien parecida, que irrumpe en los quehaceres editoriales de Laura e impone su visión: “¿Y por qué se dedica a estas cosas?”, “no acepto que las mujeres se dediquen a escribir, porque ese es un monopolio de los hombres, ya que nosotras las mujeres tenemos de sobra con los quehaceres de la casa”. Ofensivo, de pronto, se presenta el oficio de Laura Graciela, aunque se descarta esta calificación con el argumento de la doble jornada, que para la mujer moderna de la época se presenta como válido: “Señora, le respondo, no piensan así las fundadoras del periódico, pues ellas creen que, sin abandonar los quehaceres de la casa, pueden dedicar algunas horas al periodismo, que por otra parte son las mismas horas que otras dedican a cortar… moldes…”. Esta doble jornada implica dividir el tiempo de una mujer en dos: la mitad se destina a la familia y sus quehaceres y la otra mitad se dedica al trabajo profesional o remunerado. Se hace entonces evidente que un personaje, que permanece en la sombra de la crónica, posibilita que Laura Graciela pueda dedicarse al periodismo: “la criada”. Sin el apoyo de esta mujer, tal vez Feminiflor no habría circulado durante más de dos años. Así el discurso de compromiso con los roles de género también limita a Laura Graciela en su labor de periodista.

La segunda capa es la del contenido del discurso público, ¿qué se puede nombrar e informar en el periódico? La señora bien parecida pide que se informe de los males que aquejan a la sociedad y se señala como tal la ausencia de orden en el biógrafo; se pide anunciar que “los hombres deben sentarse a la derecha y las mujeres a la izquierda”. Es ahí cuando Laura Graciela reconoce la opresión del discurso de su época. Si bien asegura a la señora bien parecida que hará el comunicado solicitado, termina la crónica cuestionando el razonamiento de tal personaje: “Se va la señora y me quedo pensando ¡si habré tenido al frente a una desquiciada!”. Desquiciada porque no puede reconocer los males de la sociedad de la época, desquiciada porque cuestiona su oficio de periodista y con ello la aparición de su lengua en la esfera pública.


[1] Aliaga, S. (1987). “‘Éramos audaces’ Testimonio de la Directora Laura G. de la Rosa Torres” en Beltrán, R. Feminiflor, un hito en el periodismo femenino en Bolivia. La Paz: CIMCA-CIDEM, p. 71-81.

[2] Si quieres conocer más sobre la producción de revistas de mujeres latinoamericanas, consulta nuestra anterior entrada: https://www.comunidadutama.com/post/ecos-de-iris-e-ideal-femenino-a-trav%C3%A9s-del-rescate-de-la-revista-feminiflor

[3] Ayllón, V. y Cecilia Olivares (2001) “Las suicidas: Lindaura Anzoátegui de Campero, Adela Zamudio, María Virginia Estenssoro, Hilda Mundy” en Hacia una historia crítica de la literatura en Bolivia. La Paz, PIEB.

[4] Guerriero, L. (2014). Zona de obras. Anagrama.

[5]


 

TRES CRÓNICAS DE LAURA GRACIELA DE LA ROSA TORRES, TRANSCRITAS Y EDITADAS DE LA REVISTA DE FEMINIFLOR


De mi pequeño diario


Domingo 7 - 10 pm - Mañana debo viajar sola a Colcha. Eso de viajar sola me preocupa, no obstante que, desde que somos redactoras de Feminiflor, hemos adquirido una confianza en nosotras mismas y un valor que asombraría a la más valiente. Un año antes nos daba miedo venir solas del colegio a la casa y ahí vamos a la imprenta a corregir nuestras pruebas y entramos a las casas comerciales para contratar avisos y hasta tomamos del pelo a algunos de Barcelona… ¡Qué gran sorpresa es ser periodista! ¿Acaso media humanidad no le teme a los periodistas? ¡Verdad es que hay algunos bien amargos! Una muchacha periodista no tiene por qué ser temida, pero sí debe ser considerada y respetada. Quisiera que todas mis amigas vinieran a nuestra mesa de redacción para trabajar, adquirir mayores conocimientos y, sobre todo, esa confianza en sí mismas que nos hace más fuertes de lo que realmente somos. ¡Viajar sola! Sin embargo, de estas reflexiones, esto me preocupa: ¿y si algún tipo maleducado se atreviese a dirigirme alguna frase inconveniente? Seamos serias y estaremos a cubierto de los maleducados, pero, si a pesar de nuestra seriedad [insiste], en ese caso, le diremos tenga usted presente que habla con la Directora de Feminiflor y que en el próximo número aparecerá su silueta como la de un mal caballero, suponiéndolo a usted caballero por el hecho de que viaje en primera. ¡Qué gran cosa es ser periodista y poder decir: “Soy directora de periódico”!; y ahora a dormir para levantarnos temprano y que no nos deje el tren.


Lunes 8 - 7am - A pesar de nuestras reflexiones, solo hemos dormido unas cuantas horas, por suerte ya teníamos lista nuestra maleta. Y solo nos falta tomar desayuno, un libro que será nuestro mejor compañero de viaje, una libreta y un lápiz por lo que se nos pudiera ofrecer en el camino. Son las 8, y aunque el tren debe partir a las 8 y media en punto, ya que se trata de una empresa inglesa, debemos salir de nuestra casa: la estación está lejana y la crisis no nos permite darnos el lujo de poder pagar un auto. Son las ocho y veinte y hemos llegado a la estación donde encuentro a varias de mis buenas amigas, son las que más me quieren, ya que son las únicas que han venido a despedirme. Verdad es también que estando en época de epidemia no es muy agradable levantarse temprano solo para despedir a una amiga (si fuera un amigo…); por eso, por la gripe las disculpo.

Parte el tren, me despido de los míos y de mis amigas que me dicen ¡adiós! ¡Buen viaje! ¡Vuelve pronto!, etc. Nos sentamos en nuestro asiento algo entristecidas, ya que tras sí dejamos nuestra familia y nuestras amigas que es todo cuanto tenemos. Son las once y cuarto, estamos en Banderani; absortas en nuestra lectura, hemos pasado cerca de tres horas sin darnos cuenta del tiempo transcurrido. El mozo del carro comedor con toda educación nos dice: señoritas, ¿pasarán ustedes a almorzar? Con mucho gusto, le decimos, y nos lleva a una mesa donde estaba una señora respetable en compañía de un joven que parecía ser su hijo. La saludamos respetuosamente y entablamos conversación con ellos, ya que son nuestros compañeros de mesa y viaje, con esa confianza que solo en los viajes se consigue; porque no habrá [nada] más molesto que comer callados, con esa terquedad de un observador flemático, que se fija en los más mínimos movimientos de su vecino, contestando a cada pregunta con un sí o un no. ¿A dónde viaja usted, señora?, le preguntamos. A Santa Cruz, nos responde, venimos de Buenos Aires, pero hemos pasado una larga y bella temporada en La Paz, donde las gentes son muy buenas y mucho se divierten; no es como en nuestra tierra, donde las diversiones son tan escasas. ¿Y en Buenos Aires habrán pasado una gran temporada?, le preguntamos. Sí, dice el joven, aquello es un poquito más que La Paz. Nosotros vivíamos en el hotel España, que está en la avenida Mayo, y de sus balcones se domina toda la avenida hasta el congreso. ¿Y cuál de los congresos le gusta a usted más, el de Buenos Aires o el de La Paz? No hay punto de comparación, nos responde, aquel es colosal. El de La Paz también es hermoso y además tiene su historia… aquel también, nos dice, tiene la historia de los millones que cuesta… ¿Usted es de La Paz, señorita?, nos pregunta. No, señor, somos de la tierra de las flores, de Cochabamba. Dígame, señor, ¿conoció usted en La Paz a un joven de Santa Cruz que se llama Carmelito? Carmelo, dirá usted, nos dice, cómo no que le conozco, y mucho, es un muchacho, solo un poco corto, por lo cual le han tomado el pelo en Oruro unas muchachas escritoras. Hemos reído mucho, y aquí llevo para Santa Cruz varios ejemplares de Feminiflor que es donde aparece esa tomadura de pelo. Debe ser curioso, le decimos, ¿no quisiera usted prestarnos un número? Con mucho gusto, nos dice, alcanzándonos nuestro número de gala que nos costó tantos desvelos. Parece interesante, le decimos. ¿Quiénes serán las que escriben? Yo las conozco casi a todas, nos dice, sobre todo a la que aparece como directora, tiene un tío en Santa Cruz, pero es una tontilla, a quien no la creo capaz de escribir ni dirigir un periódico, que en todo caso hace honor a las mujeres bolivianas. Pero suelen decir, le interrumpimos, que bajo una mala capa puede haber un buen toreador, no siempre hay que confiar tanto en las apariencias… En este caso, nos dice, yo les respondo que es una peneca todavía, si usted la conociera… Hemos pasado Changolla y el conductor dice ¿boletos para Colcha? Sacamos nuestro pase libre que como a redactora de diario nos ha dado la empresa y le entregamos al conductor, quien lee en voz alta: Directora de Feminiflor y nos lo devuelve. Miramos la cara del joven Justiniano (que así apellidaba nuestro conocido) y estaba como un camarón… Son las 2 y 2, hemos llegado a Colcha y ponemos punto final.


Colcha, agosto 10 de 1921.

Fuente: Feminiflor Año I, Oruro, 31 de marzo de 1922, No. 11.



¡Un carácter suave!


Era una hermosa mañana dominguera, en que estamos obligadas a dar unas vueltas por nuestra plaza principal, a fin de saludar a nuestros conocidos y charlar con las amigas. Al llegar a la plaza encontré a una de mis compañeras de labores y después del saludo reglamentario me dice: dentro de cuatro días debe salir Feminiflor y ¿cómo andamos de material?

Creo que bien, le respondo, solo que nos faltarán unas tres columnas. Que debemos sacarlas de aquí, me dice, ya que el paseo está tan concurrido y seguimos dando vueltas. Delante de nosotras van dos jóvenes que hablan bastante fuerte, por la conversación parecen empleados de banco. En la esquina del Edén entra al paseo un tercero, quien con toda familiaridad les saluda y dice: hola, Trescot, ¿cómo va? Muy bien, contesta el aludido, he seguido su consejo y hoy soy un hombre feliz, ahora respiro y ya no salgo tan cansado de la oficina y lo mejor es que hoy todos me respetan, imagínese amigo, le dice al primero con quien paseaba. Como usted sabe, ya hace algún tiempo que soy empleado del banco y debido a mi carácter suave era la víctima de mis compañeros de oficina o mejor dicho era el burro de carga, ya que debía hacer el trabajo de todos, desde mi llegada a la oficina hasta que salía de ella; no tenía tiempo ni para rascarme la cabeza, en lo mejor que yo estaba cumpliendo con mis obligaciones me decía uno: Trescot, copie esta carpeta. Trescot, cuente este níquel y haga paquetes de a cinco. Trescot, lleve esta nota al gerente. Trescot, escriba a máquina lo que le voy a dictar. Trescot… en fin, amigo, si le sigo contando sería cosa de nunca acabar, yo protestaba moderadamente y como mi carácter era tan suave, mi protesta solo servía para que me dieran más y más trabajo. Una mañana llegué a la oficina con un minuto de atraso y todos los empleados, uno por uno, pasaban por delante y me decían: Trescot, ¿por qué llega usted tan tarde? Trescot, parece que usted no teme perder su puesto. Trescot, es intolerable que llegue usted a estas horas, cuando aquí tanto se le necesita. Señor Trescot, usted ha sido el último en entrar, me dice el portero… Yo protestaba entre dientes y me mascaba. Así mi vida era un martirio en la oficina, hasta que tuve suerte de encontrarme con don Benigno, a quien le conté lo que me pasaba, y él me dijo que fuera hombre de carácter, que fuera energético, porque me estaban tomando el pelo. Así lo hice una mañana que fui muy decidido, porque durante toda la noche estuve estudiando la figura. Me dice uno: Trescot, lleve esta correspondencia al contador. Mándela con el mozo, le respondí con energía. ¿Cómo? Que la mande con el mozo, le grité. ¿A mí me grita usted? Sí, a usted, y me arremangué un poco los puños. Todos los compañeros se quedaron estupefactos mirando mi actitud. Durante una semana, nadie me volvió a molestar, pero después de ese tiempo, otro de los compañeros que se las daba de muy gallo me dice: Trescot, copie esta carta. No me da la gana, le respondo dando dos fuertes puñetazos en el escritorio. Todos me miran asustados y otro me dice: ¿Qué le pasa, Trescot? Nada, le respondo, solo que estoy harto de servirles y de hoy en adelante he de hacerme respetar; y para lo cual, durante dos meses he estado tomando lecciones de box. Desde entonces soy el más feliz de los mortales; nadie me molesta, y más bien son mis compañeros los que ahora me ayudan al cumplimiento de mis obligaciones en la oficina. Y todo gracias al consejo que me dio aquí don Benigno. Yo le di ese consejo, dice don Benigno, porque soy un convencido de que de nada sirven las protestas silenciosas y moderadas, ni el carácter, de nada sirve; las protestas para que las tomen en cuenta deben ir acompañadas de mucho ruido. Yo soy casado, mi mujercita es un dije, es la bondad personificada, solo que es muy amiga de sus amigas; durante un año sufrí lo indecible con las cocineras. Mi mujercita que no tiene niños se iba de paseo y a visitar a sus amigas, dejando a la cocinera que se entienda con la cocina; algunas veces encontraba yo la comida con gusto a humo y le decía a mi mujercita: hijita, ¿cómo es posible que esto suceda? ¡Me levantaba de la mesa e iba a comer al hotel! Otro día, la comida estaba tan salada que era imposible comerla. Otra vez a comer al hotel y otra vez mis protestas cariñosas: hijita, déjese de biógrafos, de paseos, no visite tanto a sus amigas y dedíquese a los quehaceres de la casa. Todas estas protestas cariñosas fueron inútiles hasta que un buen día encontré un cabello en la sopa: ¡Bonifacia!, grité a la cocinera, que vino toda asustada, pues era la primera vez que se oía mi voz en la casa: ¡maldito el día en que usted vino a servir a esta casa y maldito el día en que me casé con una mujer paseandera! Y eché a rodar platos, sopera y todo cuanto encontré a mano, haciendo un ruido terrible. Al siguiente día había una nueva cocinera y mi señora hace hoy más visitas a la cocina que a sus amigas y yo soy un hombre dichoso, porque ya no tengo que ir al hotel sino que como en mi casa, al lado de mi mujercita, a quien tanto adoro…

Oruro, abril de 1922

Fuente: Feminiflor Año I, Oruro, 20 de mayo de 1922, No. 12.


Cosas del oficio


Estaba en mi escritorio borroneando cuartillas con el motivo del aniversario de Feminiflor, cuando suena nerviosamente la campanilla, sale la criada para ver quién es y vuelve en compañía de una señora bien parecida, quien entra hasta donde estoy y me dice: ¿Es usted la Directora de Feminiflor?

  • Sí, señora, a sus órdenes.

  • ¿Y por qué se dedica a estas cosas?

  • No soy sola, señora, es un grupo de muchachas que, siguiendo la evolución mundial femenina, ha fundado el periódico y me han honrado nombrándome directora.

  • Pues yo también, nos replica, sigo la evolución y la moda y no acepto que las mujeres se dediquen a escribir, porque ese es un monopolio de los hombres, ya que nosotras las mujeres tenemos de sobra con los quehaceres de la casa.

  • Señora, le respondo, no piensan así las fundadoras del periódico, pues ellas creen que, sin abandonar los quehaceres de la casa, pueden dedicar algunas horas al periodismo, que por otra parte son las mismas horas que otras dedican a cortar… moldes…

  • Bien, me dice, pero yo protesto que las mujeres se dediquen a otras actividades que no sean aquellas que están en armonía con su sexo y con su misión social; pero, después de todo, agrega, yo vengo a hablarle de un asunto muy importante, yo quiero que diga usted en Feminiflor que en este país todo está maleado, que todo está mal hecho, que todo está malo, sobre todo en el biógrafo, donde los hombres deben sentarse a la derecha y las mujeres a la izquierda.

  • Bien, señora, así lo diremos, no obstante que aquí hay diarios que dicen eso todos los días, solo que no indican rumbos como usted.

Se va la señora y me quedo pensando ¡si habré tenido al frente a una desquiciada!

Oruro, 10 de mayo de 1922

Fuente: Feminiflor Año I, Oruro, 20 de mayo de 1922, No. 12.


Utama. Comunidad de lectores realiza una investigación de rescate y visibilización de la primera agrupación de mujeres periodistas en Bolivia, Centro Artístico e Intelectual de Señoritas de Oruro, a través de su revista Feminiflor (1921-1923), celebrando el centenario de sus publicaciones. Esta investigación cuenta con la subvención del Fondo de Mujeres Bolivia Apthapi-Jopueti.


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